lunes, 9 de julio de 2012

La decadencia española también se puede encontrar en la fiesta de San Fermín.



La fiesta de San Fermín, especialmente los encierros de toros, ha alcanzando fama internacional especialmente por la referencia literaria que el escritor estadounidense Ernest Hemingway realizó en tiempos poco anteriores a la Guerra Civil Española. Desde entonces, la ciudad de Pamplona ha recibido cada año una multitudinaria cantidad de visitas provenientes en su mayoría del extranjero a causa de los encierros realizados con motivo de la festividad de San Fermín.
Todo esto puede parecer muy positivo para España y en parte lo es… y decimos en parte porque, por otro lado, la internacional fama de los San Fermines ha provocado que multitud de juerguistas de todos los lados del mundo visiten la ciudad de Pamplona con el objetivo de no parar de beber durante una semana entera.
Pamplona durante los San Fermines, Mallorca, Ibiza, Barcelona, Madrid… ¿Por qué no sólo nuestros vecinos europeos, sino medio planeta, parece creerse que “lo que pasa en España se queda en España”? ¿Tan poca seriedad mostramos al resto del mundo que parecen pensarse que al cruzar los Pirineos se vive en una especie de “otra dimensión”?
Pero los aspectos negativos de los encierros de San Fermín no pueden centrarse únicamente en los excesos de alcohol y las imágenes lamentables por las calles de Pamplona. Además, muchos parecen olvidarse del verdadero significado de la fiesta de San Fermín: el recuerdo de un misionero cristiano decapitado por evangelizar en una época donde la fe cristiana era sinónimo de pena de muerte por parte de las autoridades.
Como en la gran mayoría de las fiestas populares y patronales de España, de un indudable origen y significado católico, San Fermín se ha degradado hasta convertirse en una orgía de alcohol digna de la Grecia o la Roma paganas. Habrá quien culpe de esto a los turistas que acuden a Pamplona únicamente para ingerir cantidades semiletales de alcohol, pero no son sólo ellos los responsables de la situación. ¿Acaso no tienen su parte de responsabilidad los españoles de otras regiones que acuden a Pamplona con el mismo fin que los turistas extranjeros? Y qué decir de los pamploneses autóctonos… ¿Es que ellos no tienen responsabilidad de la situación en que ha derivado la fiesta de San Fermín?
Pero no sólo el alcohol ha destruido la festividad de San Fermín. También la política ha puesto de su parte. ¿Qué pintan en medio de una celebración religiosa las banderas como la ikurriña o aquellas pancartas que piden el acercamiento de los terroristas de ETA a las provincias vascas?
Y es que, para empezar, la ikurriña es un símbolo artificial creado por Sabino Arana, ideólogo y fundador del Partido Nacionalista Vasco, para la provincia de Vizcaya (luego sus sucesores la extendieron al resto de la región); por lo tanto, poco tiene que ver un símbolo separatista vasco en una ciudad navarra cuando, pese a la extensión del vascuence en esa región también, está claro que Navarra es una región diferente de las Vascongadas. La presencia de la ikurriña en las fiestas de San Fermín celebradas en Pamplona no deja de ser otro síntoma más del sentimiento expansionista del separatismo vasco promulgado tanto por el PNV como por la izquierda abertzale.
Por otra parte, la presencia de las pancartas en apoyo a los terroristas de ETA en mitad de una celebración no deja de ser una provocación y una gratuita exhibición de apoyo a la banda terrorista.
Viendo todo lo dicho, únicamente podemos preguntarnos si queda algo de la fiesta de San Fermín que no haya quedado convertido en alcohol o política.

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