Por José Antonio Chamorro Manzano
Empezaremos por imaginar cómo nació España. A
grandes rasgos, habría de ser así: Primero, fue el marco geográfico, nuestra
casa solariega. Una magnífica península (la Ibérica) situada en la zona
templada del globo terráqueo, en la zona sur y occidental del continente
europeo; en el curso de su evolución biológica, esa península se fue llenando
de montañas y montes y ríos y densos bosques y matorrales leñosos y espinosos
que luego harían impracticables los desplazamientos comunicativos habituales
entre los diferentes grupos humanos habitantes durante la mayor parte del
período de tiempo que abarcan la Edad Antigua y la Edad Media.
El caso fue que en esta península se iba
incrementando la densidad de población en los espacios habitables; se iban
formando grupos locales cada vez más fuertes y numerosos, pero muy mal
intercomunicados y muy mal organizados entre sí. Y así les fue a aquellos
primitivos ibéricos; cuando los grandes grupos exteriores más adelantados
orgánicamente y entregados a empresas expansivas conquistadoras (cartagineses,
romanos, bárbaros, musulmanes), decidieron apoderarse de los recursos humanos y
todos los demás recursos obtenibles en Iberia. Pero ello forma parte de nuestra
hispana Historia, imposible de recoger aquí.
Aun con todo el rigor de su desdichada dependencia
de poderes colonialistas, los ibéricos (llamados hispanos, por los romanos) se
fueron beneficiando de las infraestructuras viarias y de todo orden creadas por
sus sucesivos colonizadores y se fueron haciendo sociables entre sí y se fueron
civilizando y, luego, cuando conocieron y asumieron el cristianismo, pues su
personalidad individual y colectiva empezó a tomar un cariz confrontable al de
sus anteriores grupos exteriores dominantes. Desde entonces, empezaron los
hispanos a tomar conciencia de su necesidad de constituir una sólida comunidad organizada,
poderosa y responsable.
Sin darse apenas cuenta, se iban formando grupos
regionales numerosos y con unidad de religión, de lenguaje, de usos y
costumbres, de normas legales, de medios de autodefensa, de capacidad de
cooperación laboral y de elaboración de grandes proyectos, de sentimientos, de
empresas exteriores… Y los hispanos se desbordaron por los archipiélagos que
por su naturaleza tenían que ser ibéricos y también por el Norte de los
Pirineos (el Rosellón y la Cerdaña y la Vascuña o Gascuña, que luego los
llamados nacionalistas se los regalaron a Francia).
Con el nuevo orden de cosas, nuestros antepasados
hispanos de la Edad Media iban formalizando y dando cohesión al alma y al
cuerpo (patria y nación) de la incipiente España; pues aunque, por aquel
entonces, en el conjunto ya formado se distinguían independientes varios reinos
y algún principado y varios señoríos, todos ellos de corte feudal (pero menos
pronunciado que el feudalismo infame que se llevaba por Centroeuropa), la
realidad era que el pueblo llano en cada uno de los entes aludidos estaba harto
del constante estado de guerras vecinales (alternado con el de falsas paces)
que sus minireyes y sus señores les imponían.
Y ese hartazgo era natural; pues la generalidad de
las gentes populares de todos los entes habidos se veían similares entre sí, y
se sentían mutuamente vinculadas por un oficioso lenguaje común (el latín), por
un mismo sentimiento conceptual teológico y humanista (el cristianismo), por la
semejanza de sus usos y sus costumbres, por sus gustos y estudios y trabajos
artísticos y culturales, por su necesidad de defensa frente a las arrolladoras
invasiones foráneas, por su necesidad de mutua interrelación en asuntos
comerciales y laborales, por su necesidad de ejercitar la natural sociabilidad
innata (de inspiración genética divina); es decir, aquellas gentes veían que
poseían algo común de indiscutible dignidad y grandeza, algo que trascendía su
ser individual; es decir, intuían ellas el ser poseedoras de un destino
existencial común y el estar haciendo una Historia conjunta; resumiendo,
aquellas gentes hispanas iban tomando conciencia de algo fundamental que,
después, alguien empezaría a llamarlo: La patria.
Y es que la patria nace de la inspiración divina de
fraterna sociabilidad que por igual motiva a todas las almas, por ser todas
ellas criaturas de Dios. La patria es de naturaleza espiritual, ideológica
sentimental, es imperecedera; ella es ese bagaje común que se traslada con el
alma de cada uno de todos nosotros al otro mundo, al Seno de Dios, y del cual
bagaje disfrutaremos (en la medida en la que cada uno nos lo merezcamos) Allí y
por toda la Vida Eterna. La patria es el alma que da su existencia y sus
motivaciones naturales al cuerpo, a la nación.
Otra cosa es el Estado. Éste es pura organización
mutable, dependiente de contingencias y conveniencias o imposiciones
circunstanciales. La nación, puede a lo largo de la Historia organizarse en uno
o en muchos Estados. Así, vemos que España ha tenido una época histórica
grandiosa en la que se guiaba y se administraba mediante un único Estado, aun
cuando formaban parte integrante e inseparable de ella (de la patria y de la
nación) toda una multitud de pueblos europeos, americanos, filipinos,
africanos, asiáticos, continentales o insulares; si bien muchos de tales
pueblos, por imposiciones imperialistas extrañas, se verían luego apartados del
Estado español y pasaban a formar Estado propio; pero tanto más dependientes,
esos nuevos Estados, del poder imperialista global dominante, tanto más
dependiente cada uno, cuanto más débil lo fuera él.
La patria es espíritu, es un alma, es inmortal, vive
eternamente en cada una de las inmortales almas de sus hijos, vivos o muertos,
que le sean fieles. Por su parte, la nación es un organismo corporal tangible,
esencial para que el ser viviente que de modo conjunto constituyen la patria y
la nación (en nuestro caso, España) se ponga de manifiesto y cumpla una función
terrena al servicio de los designios de Dios. Y esencial, para que España (como
cualquier otra nación) pueda garantizar su propia supervivencia y asegurar su mejor servicio a
Dios, le es a ella el guiarse y administrarse por medio del mejor y más fuerte
y emprendedor Estado posible.
Volvamos
ahora con nuestros antepasados hispanos que estaban a punto de salir de la Edad
Media. Un considerable número de ellos tenían ya conciencia de poseer un
patrimonio espiritual común (una patria); aunque en su estado de aislamiento
regional o local carecían de un patrimonio tangible común (una nación); luego
aún no podían constituir un mismo ser viviente (España).
Aquellos
pueblos ibéricos independientes iban pasando con el nombre común de Hispania,
pero para distinguir unos de otros disponían ellos de respectivo apellido
(Álava, Aragón, Asturias, Castilla, etc.). Hispania, ése era el nombre con el
cual los civilizadores romanos habían denominado el conjunto de primitivos
pueblos aislados entre sí que había asentados en la península Ibérica.
Al
tratarse de seres vivos, aquellos pueblos hispanos estaban obligados a
evolucionar, como por ley natural han de hacerlo todos los seres vivos.
Biológicamente, se evoluciona hacia la vida y la prosperidad o se evoluciona
hacia la muerte y la extinción. Y los pueblos hispanos más civilizados
evolucionaban hacia la vida y la prosperidad; de esa manera y por ser su única
alternativa al respecto, los primitivos reinos, con sus condados, y los
territorios señoriales iban rompiendo el cascarón original que les aislaba a
los unos de los otros y se iban fundiendo en un reino mayor, en una nación
progresiva y sostenible.
Aunque
es de general conocimiento, podemos decir, como merecido homenaje a sus
protagonistas, que el honor y la responsabilidad de guiar e impulsar el
nacimiento de la gran nación hispana correspondió a los Reyes Católicos. Aquel
nacimiento nacional no suponía ningún trauma para las gentes populares; al
contrario, veían éstas reducirse su agobiante dependencia feudal y pasar a
depender de un poder estatal más controlado y suavizado por el poder moral de
general acatamiento, el Papado. Y en cuanto a la cuestión lingüística, tampoco
suponía ningún trauma público; cada pueblo regional o local mantenía su
lenguaje tradicional para los asuntos familiares y regionales o locales, y para
los asuntos comunes o más formales, del ámbito nacional, seguían disponiendo
del latín.
Pero,
la nueva nación y patria, hispana, progresaba y se engrandecía en medio de un
marco muy complejo; por un lado estaban los antiguos entes regionales hispanos
que aún se mantenían independientes en su aislamiento; y por otro lado estaban
las incipientes naciones europeas que también empezaban a constituirse y a
expandirse. Ambos lados concurrentes eran fuentes de problemáticas rivalidades
derivadas de los intereses particulares en contraposición.
Por
lo que respecta al lenguaje común de la nueva nación, que en algún momento
comenzó a denominarse España, ocurrió lo que era natural. Con las aportaciones
de los diversos pueblos integrados en la nación española, fue naciendo un nuevo
lenguaje común, más funcional, culto, formal y satisfactorio (el español), que
paulatinamente, conforme a su propia evolución, fue desplazando al latín.
Y, desde entonces, comenzó la biografía del idioma
español, que en la actualidad de nuestros días es lengua oficial para cerca de
quinientos millones de hispanos repartidos por más de una veintena de Estados
surgidos de su separación del Imperio español (existen veintidós Academias de
la Lengua Española). Y lo que también continúa viva en esa veintena larga de
Estados es la componente espiritual común, la Patria española, que era el alma
de aquel imperio. Siendo ella, la actual España, reconocida como la Madre
Patria de ese conjunto de actuales naciones independientes entre sí, pero
sometidas al poder globalizador vigente desde hace más de dos siglos.

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