jueves, 12 de enero de 2012

ESPAÑA Y EL ESPAÑOL (LENGUAJE)




Por José Antonio Chamorro Manzano
Empezaremos por imaginar cómo nació España. A grandes rasgos, habría de ser así: Primero, fue el marco geográfico, nuestra casa solariega. Una magnífica península (la Ibérica) situada en la zona templada del globo terráqueo, en la zona sur y occidental del continente europeo; en el curso de su evolución biológica, esa península se fue llenando de montañas y montes y ríos y densos bosques y matorrales leñosos y espinosos que luego harían impracticables los desplazamientos comunicativos habituales entre los diferentes grupos humanos habitantes durante la mayor parte del período de tiempo que abarcan la Edad Antigua y la Edad Media.

El caso fue que en esta península se iba incrementando la densidad de población en los espacios habitables; se iban formando grupos locales cada vez más fuertes y numerosos, pero muy mal intercomunicados y muy mal organizados entre sí. Y así les fue a aquellos primitivos ibéricos; cuando los grandes grupos exteriores más adelantados orgánicamente y entregados a empresas expansivas conquistadoras (cartagineses, romanos, bárbaros, musulmanes), decidieron apoderarse de los recursos humanos y todos los demás recursos obtenibles en Iberia. Pero ello forma parte de nuestra hispana Historia, imposible de recoger aquí.

Aun con todo el rigor de su desdichada dependencia de poderes colonialistas, los ibéricos (llamados hispanos, por los romanos) se fueron beneficiando de las infraestructuras viarias y de todo orden creadas por sus sucesivos colonizadores y se fueron haciendo sociables entre sí y se fueron civilizando y, luego, cuando conocieron y asumieron el cristianismo, pues su personalidad individual y colectiva empezó a tomar un cariz confrontable al de sus anteriores grupos exteriores dominantes. Desde entonces, empezaron los hispanos a tomar conciencia de su necesidad de constituir una sólida comunidad organizada, poderosa y responsable.

Sin darse apenas cuenta, se iban formando grupos regionales numerosos y con unidad de religión, de lenguaje, de usos y costumbres, de normas legales, de medios de autodefensa, de capacidad de cooperación laboral y de elaboración de grandes proyectos, de sentimientos, de empresas exteriores… Y los hispanos se desbordaron por los archipiélagos que por su naturaleza tenían que ser ibéricos y también por el Norte de los Pirineos (el Rosellón y la Cerdaña y la Vascuña o Gascuña, que luego los llamados nacionalistas se los regalaron a Francia).

Con el nuevo orden de cosas, nuestros antepasados hispanos de la Edad Media iban formalizando y dando cohesión al alma y al cuerpo (patria y nación) de la incipiente España; pues aunque, por aquel entonces, en el conjunto ya formado se distinguían independientes varios reinos y algún principado y varios señoríos, todos ellos de corte feudal (pero menos pronunciado que el feudalismo infame que se llevaba por Centroeuropa), la realidad era que el pueblo llano en cada uno de los entes aludidos estaba harto del constante estado de guerras vecinales (alternado con el de falsas paces) que sus minireyes y sus señores les imponían.

Y ese hartazgo era natural; pues la generalidad de las gentes populares de todos los entes habidos se veían similares entre sí, y se sentían mutuamente vinculadas por un oficioso lenguaje común (el latín), por un mismo sentimiento conceptual teológico y humanista (el cristianismo), por la semejanza de sus usos y sus costumbres, por sus gustos y estudios y trabajos artísticos y culturales, por su necesidad de defensa frente a las arrolladoras invasiones foráneas, por su necesidad de mutua interrelación en asuntos comerciales y laborales, por su necesidad de ejercitar la natural sociabilidad innata (de inspiración genética divina); es decir, aquellas gentes veían que poseían algo común de indiscutible dignidad y grandeza, algo que trascendía su ser individual; es decir, intuían ellas el ser poseedoras de un destino existencial común y el estar haciendo una Historia conjunta; resumiendo, aquellas gentes hispanas iban tomando conciencia de algo fundamental que, después, alguien empezaría a llamarlo: La patria.

Y es que la patria nace de la inspiración divina de fraterna sociabilidad que por igual motiva a todas las almas, por ser todas ellas criaturas de Dios. La patria es de naturaleza espiritual, ideológica sentimental, es imperecedera; ella es ese bagaje común que se traslada con el alma de cada uno de todos nosotros al otro mundo, al Seno de Dios, y del cual bagaje disfrutaremos (en la medida en la que cada uno nos lo merezcamos) Allí y por toda la Vida Eterna. La patria es el alma que da su existencia y sus motivaciones naturales al cuerpo, a la nación.

Otra cosa es el Estado. Éste es pura organización mutable, dependiente de contingencias y conveniencias o imposiciones circunstanciales. La nación, puede a lo largo de la Historia organizarse en uno o en muchos Estados. Así, vemos que España ha tenido una época histórica grandiosa en la que se guiaba y se administraba mediante un único Estado, aun cuando formaban parte integrante e inseparable de ella (de la patria y de la nación) toda una multitud de pueblos europeos, americanos, filipinos, africanos, asiáticos, continentales o insulares; si bien muchos de tales pueblos, por imposiciones imperialistas extrañas, se verían luego apartados del Estado español y pasaban a formar Estado propio; pero tanto más dependientes, esos nuevos Estados, del poder imperialista global dominante, tanto más dependiente cada uno, cuanto más débil lo fuera él.


La patria es espíritu, es un alma, es inmortal, vive eternamente en cada una de las inmortales almas de sus hijos, vivos o muertos, que le sean fieles. Por su parte, la nación es un organismo corporal tangible, esencial para que el ser viviente que de modo conjunto constituyen la patria y la nación (en nuestro caso, España) se ponga de manifiesto y cumpla una función terrena al servicio de los designios de Dios. Y esencial, para que España (como cualquier otra nación) pueda garantizar su propia  supervivencia y asegurar su mejor servicio a Dios, le es a ella el guiarse y administrarse por medio del mejor y más fuerte y emprendedor Estado posible.

Volvamos ahora con nuestros antepasados hispanos que estaban a punto de salir de la Edad Media. Un considerable número de ellos tenían ya conciencia de poseer un patrimonio espiritual común (una patria); aunque en su estado de aislamiento regional o local carecían de un patrimonio tangible común (una nación); luego aún no podían constituir un mismo ser viviente (España).

Aquellos pueblos ibéricos independientes iban pasando con el nombre común de Hispania, pero para distinguir unos de otros disponían ellos de respectivo apellido (Álava, Aragón, Asturias, Castilla, etc.). Hispania, ése era el nombre con el cual los civilizadores romanos habían denominado el conjunto de primitivos pueblos aislados entre sí que había asentados en la península Ibérica.

Al tratarse de seres vivos, aquellos pueblos hispanos estaban obligados a evolucionar, como por ley natural han de hacerlo todos los seres vivos. Biológicamente, se evoluciona hacia la vida y la prosperidad o se evoluciona hacia la muerte y la extinción. Y los pueblos hispanos más civilizados evolucionaban hacia la vida y la prosperidad; de esa manera y por ser su única alternativa al respecto, los primitivos reinos, con sus condados, y los territorios señoriales iban rompiendo el cascarón original que les aislaba a los unos de los otros y se iban fundiendo en un reino mayor, en una nación progresiva y sostenible.

Aunque es de general conocimiento, podemos decir, como merecido homenaje a sus protagonistas, que el honor y la responsabilidad de guiar e impulsar el nacimiento de la gran nación hispana correspondió a los Reyes Católicos. Aquel nacimiento nacional no suponía ningún trauma para las gentes populares; al contrario, veían éstas reducirse su agobiante dependencia feudal y pasar a depender de un poder estatal más controlado y suavizado por el poder moral de general acatamiento, el Papado. Y en cuanto a la cuestión lingüística, tampoco suponía ningún trauma público; cada pueblo regional o local mantenía su lenguaje tradicional para los asuntos familiares y regionales o locales, y para los asuntos comunes o más formales, del ámbito nacional, seguían disponiendo del latín.

Pero, la nueva nación y patria, hispana, progresaba y se engrandecía en medio de un marco muy complejo; por un lado estaban los antiguos entes regionales hispanos que aún se mantenían independientes en su aislamiento; y por otro lado estaban las incipientes naciones europeas que también empezaban a constituirse y a expandirse. Ambos lados concurrentes eran fuentes de problemáticas rivalidades derivadas de los intereses particulares en contraposición.

Por lo que respecta al lenguaje común de la nueva nación, que en algún momento comenzó a denominarse España, ocurrió lo que era natural. Con las aportaciones de los diversos pueblos integrados en la nación española, fue naciendo un nuevo lenguaje común, más funcional, culto, formal y satisfactorio (el español), que paulatinamente, conforme a su propia evolución, fue desplazando al latín.

Y, desde entonces, comenzó la biografía del idioma español, que en la actualidad de nuestros días es lengua oficial para cerca de quinientos millones de hispanos repartidos por más de una veintena de Estados surgidos de su separación del Imperio español (existen veintidós Academias de la Lengua Española). Y lo que también continúa viva en esa veintena larga de Estados es la componente espiritual común, la Patria española, que era el alma de aquel imperio. Siendo ella, la actual España, reconocida como la Madre Patria de ese conjunto de actuales naciones independientes entre sí, pero sometidas al poder globalizador vigente desde hace más de dos siglos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

-elmunicipiotoledo- no se hace responsable de los comentarios de sus lectores. -elmunicipiotoledo- se reserva el derecho de arbitraje y censura. Se ruega que los comentarios no se realicen de forma anónima.

Contacto: elmunicipiotoledo@hotmail.com