Esto último nos deja una interesante reflexión. Y es
que llama poderosamente la atención que, en un mundo donde cada vez se hace más
esfuerzo por dejar a Dios fuera de la vida pública, no se deje de apelar a
valores originalmente cristianos a la hora de redactar y sacar adelante las
leyes de cualquier país occidental. Por poner un ejemplo, es más que conocido
el caso de que los partidarios de la eutanasia, que supone la legalización de
un asesinato y de la complicidad en el mismo, apelen a la “piedad” y a la
“compasión” con el prójimo cuando, en realidad, están actuando de una manera
radicalmente contraria.
¿Y acaso no sería más coherente y justo
inspirarse en los principios cristianos a la hora de sacar leyes cuando éstas
actúan de una forma verdadera respecto a los principios de donde han sido
obtenidas?
Volviendo al tema que ha tratado su Santidad Joshep Ratzinger, es
evidente que el Estado debe proteger la vida de los no nacidos y la institución
natural de la familia porque el Estado únicamente se justifica en la búsqueda
del bien y de la perpetuidad de aquellos seres humanos a los cuales ha de
acoger bajo su autoridad. Y sin jóvenes que tomen el relevo a sus mayores ni
familias que traigan a esos jóvenes al mundo tras su unión es imposible que el
Estado encuentre una justificación y, por lo tanto, una razón para seguir
existiendo como tal.
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