martes, 5 de junio de 2012

Su Santidad Benedicto XVI pide que el Estado defienda la vida y la familia.

Benedicto XVI ha afirmado en la ciudad italiana de Milán, con motivo del VII Congreso Mundial de las Familias, que “el Estado está al servicio y a la tutela de la persona, de su bienestar en sus múltiples aspectos, comenzando con el derecho a la vida, que jamás puede ser suprimida deliberadamente”. Tras definir la función por la cual el Estado debe tener su razón de existir e imponer su influencia sobre la sociedad a la cual rige, el Papa ha añadido que la institución estatal, además, debe reconocer la identidad de la familia (como unión entre un hombre y una mujer abiertos a la vida) y el derecho de los padres a la libertad de educación y de formación para sus hijos. Ante la cuestión de las relaciones entre el Estado y la Iglesia, su Santidad Joshep Ratzinger ha apelado a que las leyes humanas se justifiquen en la ley natural pese a la aparente superación del modelo de Estado confesional.

Esto último nos deja una interesante reflexión. Y es que llama poderosamente la atención que, en un mundo donde cada vez se hace más esfuerzo por dejar a Dios fuera de la vida pública, no se deje de apelar a valores originalmente cristianos a la hora de redactar y sacar adelante las leyes de cualquier país occidental. Por poner un ejemplo, es más que conocido el caso de que los partidarios de la eutanasia, que supone la legalización de un asesinato y de la complicidad en el mismo, apelen a la “piedad” y a la “compasión” con el prójimo cuando, en realidad, están actuando de una manera radicalmente contraria.

¿Y acaso no sería más coherente y justo inspirarse en los principios cristianos a la hora de sacar leyes cuando éstas actúan de una forma verdadera respecto a los principios de donde han sido obtenidas?

Volviendo al tema que ha tratado su Santidad Joshep Ratzinger, es evidente que el Estado debe proteger la vida de los no nacidos y la institución natural de la familia porque el Estado únicamente se justifica en la búsqueda del bien y de la perpetuidad de aquellos seres humanos a los cuales ha de acoger bajo su autoridad. Y sin jóvenes que tomen el relevo a sus mayores ni familias que traigan a esos jóvenes al mundo tras su unión es imposible que el Estado encuentre una justificación y, por lo tanto, una razón para seguir existiendo como tal.

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