miércoles, 1 de febrero de 2012

La auténtica filosofía VIII





Por José Antonio Chamorro Manzano


EL ORIGEN DE LA REPRODUCCIÓN BIOLÓGICA INDIVIDUAL.

- En capítulos anteriores, hicimos las primeras referencias a la reproducción biológica individual, efectuada ella mediante el sistema asexual (germinativo) o mediante el sistema sexual (fecundativo); y allí, de acuerdo con las hipótesis científicas más acreditadas, dejamos expresado nuestro convencimiento de que la vida individual en la Tierra se había iniciado con el surgimiento de microbios de la más simple y rudimentaria composición corporal unicelular posible; los cuales microbios cumplirían su individual función reproductora natural mediante alguna modalidad enmarcable en el que, tipológicamente, ha llegado a ser variadísimo sistema asexual (vegetativo).

También nos pronunciábamos en aquellos aludidos anteriores capítulos, de modo superficial, sobre la hipótesis de que, al ir evolucionando los descendientes de aquellos primeros seres vivos habidos, en algún momento posterior y muy alejado del de estos, ocurriría que, emparejados individuos (asexuados), de modo vegetativo y casual cooperarían entre ambos para la procreación de un hijo común a los dos (para producir un mismo corpúsculo germinable). Y aquello pudo constituir el origen del surgimiento del otro gran sistema de reproducción biológica, el genérico sistema sexual que conocemos.

Dadas las características de este trabajo, no nos es posible entrar a considerar en detalle los resultados hipotéticos ya obtenidos y divulgados en los ámbitos biológicos de la Ciencia, con respecto al surgimiento de la reproducción biológica individual; simplemente y siendo respetuosos para con tales resultados conocidos, expondremos ahora y con toda brevedad las bases de partida y los conceptos desde los cuales y por considerarlos lógicos y de posible realidad llevaremos adelante la formulación de nuestras propuestas y conclusiones.

La Ciencias hablan con firmeza de cómo, con hacendoso afán maternal, la Naturaleza fue acondicionando el planeta Tierra para establecer en él las necesarias condiciones físico químicas y ambientales, a fin de hacerlo apto para dar acogida al nacimiento y la supervivencia de sus criaturas filiales que había de procrear y de los sucesivos descendientes de éstas; y hablan también las Ciencias de cómo la Naturaleza fue repartiendo masas permanentes de agua por la superficie terrestre; y también de cómo fue enriqueciendo esas aguas con sustancias minerales en disolución y con variadas estructuras moleculares en suspensión. De las cuales estructuras moleculares, unas darían lugar a la paulatina formación de complejas moléculas minerales biológicas o componentes fundamentales celulares (ácidos nucleicos, proteínas, enzimas, etc.), y otras estructuras se conservarían como nutrientes o energéticas provisiones alimentarias, a disposición de los futuros seres vivos que habitasen aquellas aguas.




Una vez suficientemente avanzada aquella tarea preparatoria del seno acuático en el que la Naturaleza habría de traer a la vida sus criaturas filiales terrenales y de alguna por ahora indeterminada manera, ella fue promoviendo la formación de especiales corpúsculos compuestos por agregación mutua de las convenientes cantidades de las ya obtenidas complejas moléculas minerales biológicas o componentes fundamentales celulares (ácidos nucleicos, proteínas, enzimas, etc.). Y entonces y si las condiciones circunstanciales locales para poder ser realizado el necesario proceso metabólico germinativo eran las adecuadas, de alguna por ahora también indeterminada manera cada uno de aquellos especiales corpúsculos completados recibía una motivación o apetencia existencial que le impulsaba a vivir y actuar. Podríamos suponer que así surgirían aquellos simplísimos individuos vivientes unicelulares procreados por la Naturaleza en el planeta Tierra.

Pero aquellos incipientes individuos, suponemos que habrían de encontrarse perdidos y desamparados en medio de los rigores posibles habidos en sus entornos acuáticos –intensa radiación solar sin filtrar, violentas descargas eléctricas atmosféricas, bruscas alteraciones térmicas, etc.–; además de carecer ellos de algún plan instintivo de actuación inmediata para poder procurarse las sustancias energéticas y alimentarias necesarias para sostener su vida y su acción, y carecer también de algún plan instintivo de actuación inmediata para poder diseñarse y desarrollar alguna adecuada orgánica corporal con fines funcionales.

Tal situación de desamparo inicial no podría escapar a la maternal previsión de la Naturaleza, y así, tan pronto como cada uno de aquellos sus procreados hijos se encontraba en condiciones de poder empezar a vivir, ella, la Naturaleza, de alguna manera le transmitía a cada uno de ellos un conjunto informativo instintivo a modo de código genético; en el cual código habrían de hallarse contenidos todos los diversos impulsos reflejos con los que dar respuesta adecuada a las sensaciones procedentes de su entorno y a las instintivas tendencias funcionales obrantes en el respectivo individuo.

Es de suponer que aquel azaroso inicio de la vida terrestre daría lugar a que un altísimo porcentaje de aquellos primeros individuos habidos fracasara en sus impulsivos intentos de vida y acción y hubieran de poner ellos prematuro final a su recibido innato proyecto de periplo vital. Pero la Naturaleza salvaba tan altísimo posible porcentaje de fracaso, procreando miríadas de aquellos microscópicos individuos; y así un número significativo de ellos conseguirían ir dotándose de alguna simplísima estructura orgánica unicelular corporal individual, al tiempo que se desarrollaban y conseguían reproducirse por sí mismos, o sea que conseguían procrear un nuevo individuo, un individuo filial a imagen suya.

El cómo de la obtención del corpúsculo germinal filial, por parte del individuo reproductor, no forma parte del propósito de este trabajo; aceptamos el hecho de haber sido obtenido y pasamos a imaginar cómo, una vez que el incipiente individuo filial hubiese recibido una motivación o apetencia existencial (alma) que le impulsara a vivir y actuar, el mismo reproductor paterno transmitiría de alguna posible manera, a su incipiente criatura, un conjunto informativo instintivo a modo de código genético; en cuyo código estaría recogido todo el “conocimiento” genético del individuo reproductor unicelular, y que estaría compuesto por el que éste, en su primer instante existencial, había recibido de su madre, la Naturaleza, pero aumentado ya con las adquisiciones conseguidas, por él mismo y mediante su particular “experiencia” vital adaptativa y con propósito funcional, hasta ese instante transmisor.

Del modo dicho y a lo largo de los tiempos, se repetiría la misma dicha secuencia en cada sucesiva reproducción o procreación habida; así se iría formando una cadena genealógica, en la que cada eslabón, en su primer instante existencial, recibiría un proyecto genético de vida más completo que el que hubiese recibido, en su respectivo primer instante existencial, su paterno antecesor. Y así, con el paso de millones de generaciones, podrían conseguirse avances evolutivos notables en cada cadena formada; y así irían surgiendo individuos más complejos en lo orgánico y funcionalmente más capacitados, y surgirían nuevas subespecies y nuevas especies y surgirían el reino vegetal y el reino animal. Individuos habidos, todos ellos, que evidentemente eran descendientes, más o menos lejanos, de algún individuo de los pertenecientes a aquella primera generación que procreó la Naturaleza (o el Universo) como primer eslabón reproductor. Y aunque es evidente, ¿por qué no decirlo? Con esa concurrencia de todas las cadenas generacionales habidas, en un único eslabón, en el primer procreador, queda demostrado que todos los seres vivientes, remontándonos en nuestras respectivas cadenas genealógicas, llegamos hasta aquel nuestro eslabón común universal y primero de todos. ¿Podría decirse que eso es estar emparentados todos los seres vivientes habidos?




Bien, hasta ahora no nos hemos salido del sistema de la reproducción asexual (vegetativa). Pero parece indudable que, con las mayores capacidades orgánicas y funcionales alcanzadas por los nuevos individuos, aparecerían diversas variantes específicas del sistema de la reproducción asexual; y aparecerían nuevos modos de vida, incluso de vida fuera de las aguas e incluso de vida social. Y, ahora ya, empezamos a entrever apiñadas colonias de individuos de la misma especie –vegetales o animales–, que realizaban su proyecto vital adheridos a rocas –submarinas o terrestres–. En algunas de tales colonias, los individuos realizarían su función reproductora, acumulando en el exterior de su membrana corporal, moléculas minerales biológicas o componentes fundamentales celulares (ácidos nucleicos, proteínas, enzimas, etc.) y con cuya agregación mutua formarían corpúsculos germinables filiales.

Entonces ocurriría algo inevitable; al estar tan próximos los unos a los otros, hubo de darse el caso de que, dos individuos contiguos que comenzasen de modo simultáneo su acumulación de material biológico preembrionario, contribuyesen de modo casual a la formación de un mismo corpúsculo germinable. Luego, todo transcurriría del modo ya supuesto por nosotros; cuando aquel corpúsculo elaborado por dos progenitores recibiera la motivación o apetencia existencial que le impulsara a vivir y actuar, recibiría también dos códigos genéticos paternos. Así, el nuevo individuo surgente recibiría más completa información genética que la contenida en uno solo cualquiera de los dos códigos, y sus posibilidades de más rápida evolución aumentaban. Además, aquella modalidad de reproducción conjunta por parte de dos reproductores, pasaría a incorporarse al código genético filial que en su momento respectivo sería transmitido en la reproducción siguiente.

Con todo ello, había sido iniciado un nuevo sistema de reproducción, en el que, en el transcurso de su evolución y por simple economía de esfuerzos y de mayor eficacia, uno de los individuos reproductores se especializaría en una determinada parte de la actividad reproductora conjunta y se dotaría de órganos calificables de masculinos, y el otro individuo se especializaría en las restantes actividades reproductoras necesarias y se dotaría de órganos calificables de femeninos.

Ambos grandes sistemas de reproducción biológica individual han venido siendo objeto de estudio y experimentación por parte de la Ciencia, que nos dice de su diversificada evolución, de sus características específicas y de sus posibles variantes y alternancias.

- - - -

No hay comentarios:

Publicar un comentario

-elmunicipiotoledo- no se hace responsable de los comentarios de sus lectores. -elmunicipiotoledo- se reserva el derecho de arbitraje y censura. Se ruega que los comentarios no se realicen de forma anónima.

Contacto: elmunicipiotoledo@hotmail.com