Por
José Antonio Chamorro Manzano
EL ORIGEN DE LA REPRODUCCIÓN BIOLÓGICA INDIVIDUAL.
- En capítulos anteriores, hicimos las primeras referencias a la
reproducción biológica individual, efectuada ella mediante el sistema asexual
(germinativo) o mediante el sistema sexual (fecundativo); y allí, de acuerdo
con las hipótesis científicas más acreditadas, dejamos expresado nuestro
convencimiento de que la vida individual en la Tierra se había iniciado con el
surgimiento de microbios de la más simple y rudimentaria composición corporal
unicelular posible; los cuales microbios cumplirían su individual función
reproductora natural mediante alguna modalidad enmarcable en el que,
tipológicamente, ha llegado a ser variadísimo sistema asexual (vegetativo).
También nos pronunciábamos en aquellos aludidos anteriores
capítulos, de modo superficial, sobre la hipótesis de que, al ir evolucionando
los descendientes de aquellos primeros seres vivos habidos, en algún momento posterior
y muy alejado del de estos, ocurriría que, emparejados individuos (asexuados), de
modo vegetativo y casual cooperarían entre ambos para la procreación de un hijo
común a los dos (para producir un mismo corpúsculo germinable). Y aquello pudo
constituir el origen del surgimiento del otro gran sistema de reproducción
biológica, el genérico sistema sexual que conocemos.
Dadas las características de este trabajo, no nos es posible
entrar a considerar en detalle los resultados hipotéticos ya obtenidos y
divulgados en los ámbitos biológicos de la Ciencia, con respecto al surgimiento
de la reproducción biológica individual; simplemente y siendo respetuosos para
con tales resultados conocidos, expondremos ahora y con toda brevedad las bases
de partida y los conceptos desde los cuales y por considerarlos lógicos y de
posible realidad llevaremos adelante la formulación de nuestras propuestas y conclusiones.
La Ciencias hablan con firmeza de cómo, con hacendoso afán
maternal, la Naturaleza fue acondicionando el planeta Tierra para establecer en
él las necesarias condiciones físico químicas y ambientales, a fin de hacerlo
apto para dar acogida al nacimiento y la supervivencia de sus criaturas
filiales que había de procrear y de los sucesivos descendientes de éstas; y
hablan también las Ciencias de cómo la Naturaleza fue repartiendo masas
permanentes de agua por la superficie terrestre; y también de cómo fue
enriqueciendo esas aguas con sustancias minerales en disolución y con variadas
estructuras moleculares en suspensión. De las cuales estructuras moleculares,
unas darían lugar a la paulatina formación de complejas moléculas minerales
biológicas o componentes fundamentales celulares (ácidos nucleicos, proteínas, enzimas, etc.), y otras estructuras
se conservarían como nutrientes o energéticas provisiones alimentarias, a
disposición de los futuros seres vivos que habitasen aquellas aguas.
Una vez suficientemente avanzada aquella tarea preparatoria del
seno acuático en el que la Naturaleza habría de traer a la vida sus criaturas
filiales terrenales y de alguna por ahora indeterminada manera, ella fue
promoviendo la formación de especiales corpúsculos compuestos por agregación
mutua de las convenientes cantidades de las ya obtenidas complejas moléculas
minerales biológicas o componentes fundamentales celulares (ácidos nucleicos, proteínas, enzimas, etc.). Y entonces y si las
condiciones circunstanciales locales para poder ser realizado el necesario
proceso metabólico germinativo eran las adecuadas, de alguna por ahora también
indeterminada manera cada uno de aquellos especiales corpúsculos completados
recibía una motivación o apetencia existencial que le impulsaba a vivir y
actuar. Podríamos suponer que así surgirían aquellos simplísimos individuos
vivientes unicelulares procreados por la Naturaleza en el planeta Tierra.
Pero aquellos incipientes individuos, suponemos que habrían de
encontrarse perdidos y desamparados en medio de los rigores posibles habidos en
sus entornos acuáticos –intensa radiación solar sin filtrar, violentas
descargas eléctricas atmosféricas, bruscas alteraciones térmicas, etc.–; además
de carecer ellos de algún plan instintivo de actuación inmediata para poder
procurarse las sustancias energéticas y alimentarias necesarias para sostener
su vida y su acción, y carecer también de algún plan instintivo de actuación
inmediata para poder diseñarse y desarrollar alguna adecuada orgánica corporal
con fines funcionales.
Tal situación de desamparo inicial no podría escapar a la maternal
previsión de la Naturaleza, y así, tan pronto como cada uno de aquellos sus procreados
hijos se encontraba en condiciones de poder empezar a vivir, ella, la
Naturaleza, de alguna manera le transmitía a cada uno de ellos un conjunto
informativo instintivo a modo de código genético; en el cual código habrían de
hallarse contenidos todos los diversos impulsos reflejos con los que dar
respuesta adecuada a las sensaciones procedentes de su entorno y a las
instintivas tendencias funcionales obrantes en el respectivo individuo.
Es de suponer que aquel azaroso inicio de la vida terrestre daría
lugar a que un altísimo porcentaje de aquellos primeros individuos habidos
fracasara en sus impulsivos intentos de vida y acción y hubieran de poner ellos
prematuro final a su recibido innato proyecto de periplo vital. Pero la
Naturaleza salvaba tan altísimo posible porcentaje de fracaso, procreando
miríadas de aquellos microscópicos individuos; y así un número significativo de
ellos conseguirían ir dotándose de alguna simplísima estructura orgánica unicelular
corporal individual, al tiempo que se desarrollaban y conseguían reproducirse
por sí mismos, o sea que conseguían procrear un nuevo individuo, un individuo filial
a imagen suya.
El cómo de la obtención del corpúsculo germinal filial, por parte
del individuo reproductor, no forma parte del propósito de este trabajo;
aceptamos el hecho de haber sido obtenido y pasamos a imaginar cómo, una vez
que el incipiente individuo filial hubiese recibido una motivación o apetencia
existencial (alma) que le impulsara a vivir y actuar, el mismo reproductor
paterno transmitiría de alguna posible manera, a su incipiente criatura, un
conjunto informativo instintivo a modo de código genético; en cuyo código
estaría recogido todo el “conocimiento” genético del individuo reproductor
unicelular, y que estaría compuesto por el que éste, en su primer instante
existencial, había recibido de su madre, la Naturaleza, pero aumentado ya con
las adquisiciones conseguidas, por él mismo y mediante su particular
“experiencia” vital adaptativa y con propósito funcional, hasta ese instante
transmisor.
Del modo dicho y a lo largo de los tiempos, se repetiría la misma dicha
secuencia en cada sucesiva reproducción o procreación habida; así se iría
formando una cadena genealógica, en la que cada eslabón, en su primer instante
existencial, recibiría un proyecto genético de vida más completo que el que
hubiese recibido, en su respectivo primer instante existencial, su paterno
antecesor. Y así, con el paso de millones de generaciones, podrían conseguirse
avances evolutivos notables en cada cadena formada; y así irían surgiendo
individuos más complejos en lo orgánico y funcionalmente más capacitados, y
surgirían nuevas subespecies y nuevas especies y surgirían el reino vegetal y
el reino animal. Individuos habidos, todos ellos, que evidentemente eran
descendientes, más o menos lejanos, de algún individuo de los pertenecientes a
aquella primera generación que procreó la Naturaleza (o el Universo) como
primer eslabón reproductor. Y aunque es evidente, ¿por qué no decirlo? Con esa
concurrencia de todas las cadenas generacionales habidas, en un único eslabón, en
el primer procreador, queda demostrado que todos los seres vivientes,
remontándonos en nuestras respectivas cadenas genealógicas, llegamos hasta
aquel nuestro eslabón común universal y primero de todos. ¿Podría decirse que
eso es estar emparentados todos los seres vivientes habidos?
Bien, hasta ahora no nos hemos salido del sistema de la
reproducción asexual (vegetativa). Pero parece indudable que, con las mayores
capacidades orgánicas y funcionales alcanzadas por los nuevos individuos,
aparecerían diversas variantes específicas del sistema de la reproducción
asexual; y aparecerían nuevos modos de vida, incluso de vida fuera de las aguas
e incluso de vida social. Y, ahora ya, empezamos a entrever apiñadas colonias
de individuos de la misma especie –vegetales o animales–, que realizaban su
proyecto vital adheridos a rocas –submarinas o terrestres–. En algunas de tales
colonias, los individuos realizarían su función reproductora, acumulando en el
exterior de su membrana corporal, moléculas minerales biológicas o componentes
fundamentales celulares (ácidos
nucleicos, proteínas, enzimas, etc.) y con cuya agregación mutua formarían
corpúsculos germinables filiales.
Entonces ocurriría algo inevitable; al estar tan próximos los unos
a los otros, hubo de darse el caso de que, dos individuos contiguos que
comenzasen de modo simultáneo su acumulación de material biológico preembrionario,
contribuyesen de modo casual a la formación de un mismo corpúsculo germinable.
Luego, todo transcurriría del modo ya supuesto por nosotros; cuando aquel
corpúsculo elaborado por dos progenitores recibiera la motivación o apetencia
existencial que le impulsara a vivir y actuar, recibiría también dos códigos
genéticos paternos. Así, el nuevo individuo surgente recibiría más completa
información genética que la contenida en uno solo cualquiera de los dos
códigos, y sus posibilidades de más rápida evolución aumentaban. Además, aquella
modalidad de reproducción conjunta por parte de dos reproductores, pasaría a
incorporarse al código genético filial que en su momento respectivo sería
transmitido en la reproducción siguiente.
Con todo ello, había sido iniciado un nuevo sistema de reproducción,
en el que, en el transcurso de su evolución y por simple economía de esfuerzos
y de mayor eficacia, uno de los individuos reproductores se especializaría en
una determinada parte de la actividad reproductora conjunta y se dotaría de
órganos calificables de masculinos, y el otro individuo se especializaría en
las restantes actividades reproductoras necesarias y se dotaría de órganos
calificables de femeninos.
Ambos grandes sistemas de reproducción biológica individual han
venido siendo objeto de estudio y experimentación por parte de la Ciencia, que
nos dice de su diversificada evolución, de sus características específicas y de
sus posibles variantes y alternancias.
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