El reinado de Carlos I en España no comenzó con buen pie. Criado
en Flandes y separado de sus padres desde niño, lo único que recibió de éstos
fue una suculenta herencia: los reinos hispánicos por parte de su madre y
algunos territorios europeos y el derecho al trono imperial alemán por parte de
su padre.
Al llegar a España, con 17 años, el nuevo Rey desconocía la
lengua castellana y optó por rodearse de compatriotas suyos que le hicieran más
llevadera la labor de gobernar los numerosos territorios que se encontraban
bajo su cargo.
Desde el principio, el nuevo monarca encontró la desconfianza de
los nobles castellanos y el temor de éstos a ver reducida su condición social,
labrada durante siglos bajo los anteriores reinados. La situación no mejoró
cuando el recién proclamado Carlos I desplazó a los castellanos de los cargos
políticos importantes, sustituyéndolos por flamencos.
Dos años después del comienzo de su reinado, Carlos I fue
llamado a suceder a su abuelo Maximiliano en el trono del imperio alemán. Pero
el viaje para poder proclamarse necesitaba una costosa cantidad de dinero que
sólo podía recibir de la nobleza castellana, a la que prometió no conceder más
cargos políticos a extranjeros.
Después de que la ciudad de Toledo exigiera la convocatoria de
las Cortes para que el Rey explicara la situación, éste las convocó en Santiago
de Compostela, primero, y después en La Coruña. Tras obtener el dinero, Carlos
I se marchó a Alemania dejando como regente a Adriano de Utrecht.
Ante la promesa incumplida del Rey, la revuelta, que comenzó
como una oposición de los castellanos a los nuevos gobernadores extranjeros,
terminó estallando en ciudades como Toledo, Burgos, Salamanca, Valladolid y
Madrid, que se unieron en la denominada Junta de Tordesillas. Esta Junta
pretendía restablecer el antiguo orden de Castilla y colocar como reina a Juana
I, madre de Carlos I y acusada de estar incapacitada para reinar.
Pese a que la rebelión había surgido y sido liderada por la
nobleza, el campesinado terminó tomando parte en el asunto y los incidentes
continuaron extendiéndose. Ante el apoyo que la Junta de Tordesillas concedió
al campesinado, algunos nobles optaron por abandonar la revuelta y otorgar su
apoyo a Carlos I.
Durante un año ambos bandos fueron tratando de lograr apoyos
entre los diferentes sectores de la sociedad. Pero, poco a poco, la balanza se
inclinaba a favor de los partidarios del Rey Carlos I.
El conflicto comenzó en 1520 y finalizó un año después, con la
derrota del ejército comunero a manos del bando realista en la batalla de
Villalar (23 de abril de 1521). Al día siguiente de la derrota, los cabecillas
Juan Bravo, Francisco Maldonado y Juan de Padilla fueron decapitados.
Sin embargo, Toledo seguía resistiendo con María Pacheco al
mando. La viuda del líder comunero Juan de Padilla, con tal de mantener el
orden en la ciudad, fue hasta el extremo de requisar la plata del Sagrario de
la Catedral de Toledo para pagar a sus tropas. El 21 de octubre de 1521 firmó
una tregua con los realistas, que fue rota el 3 de febrero de 1522 y terminó
con María Pacheco exiliada en Portugal.
Toledo fue la primera y la última ciudad en formar parte de las
revueltas comuneras contra Carlos I.
No cabe duda de que las revueltas comuneras son un capítulo muy
interesante de la Historia de la región castellana y de la nación española. Sin
embargo, algunos colectivos políticos muy minoritarios (pero que tampoco deben ignorarse)
tratan, en la mayor medida de lo posible, de tergiversar los acontecimientos
del siglo XVI y tratar de convertirlos en una “guerra por la liberación
nacional de Castilla” (todo esto con algunos tintes similares a los de Bildu en
las provincias vascas o los de Esquerra Republicana en Cataluña).
Pese a ello, ni María Pacheco es Dolores Ibárruri ni su marido
Juan de Padilla es Ernesto “Ché”Guevara.

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