Por,
José Antonio Chamorro Manzano
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Las
orgánicas sexuales individuales complementarias, necesarias para la función
reproductora biológica:
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De la mano de la Ciencia, las conocimientos relativos a la “orgánica sexual individual”
nos llevan a tener que considerar las “orgánicas sexuales individuales
complementarias, necesarias para la función reproductora biológica”; y ello es
así, puesto que las ramas científicas concernientes nos aseguran de que, la
función procreadora biológica mediante el sistema sexual, requiere la
participación concurrente de dos orgánicas sexuales individuales de sexo
complementario entre sí –una de sexo masculino y la otra de sexo
femenino–.
Parece
improbable el que a la altura de estos nuestros tiempos los científicos no se
hayan interesado por estudiar la posibilidad de que en cada acto procreador, en
cada generación de nuevo individuo filial, pudieran participar más de dos
orgánicas individuales –más de dos individuos–, repitiéndose con diferentes
individuos uno o los dos tipos de orgánicas individuales que en el caso general
natural son de insoslayable concurrencia. En todo caso, esa posibilidad de
múltiple participación individual procreadora de un mismo individuo, parece
estar descartada, puesto que todos los vestigios genéticos aparecidos en cada
criatura tienen sus antecedentes en un único padre y en una única madre.
- En fechas actuales, ha sido dada a la divulgación la
noticia (recogida en http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/01/120106_monos_mixtos_ar.shtml)
de haberse logrado con éxito, por primera vez, el
reproducir monos a partir de células obtenidas de embriones separados. Esos
monos habidos –monos quimera– han nacido sanos y son considerados
normales. Los animales nacieron después de que fueran combinadas en una
mezcla células obtenidas de diferentes embriones, procedentes de hasta seis
individuos, y las implantaran en monos hembra. Las células genéticamente
distintas procedentes de más de un solo organismo nunca se funden, pero se
mantienen juntas y trabajan juntas para formar tejidos y órganos.
Bien, esa noticia no puede alterar este
nuestro trabajo, ya que al parecer se trata de una intervención facultativa,
que podría asimilarse a un trasplante de órganos o tejidos entre individuos; lo
cual no puede interpretarse verdaderamente como un acto reproductor.
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Lo que sí es seguro es que los científicos se han interesado por el origen del
sistema reproductor biológico o procreador sexual; puesto que de manera formal,
en estudios científicos, se hallan recogidas diversas hipótesis al respecto.
Hipótesis esas que no han conseguido satisfacer el exigente afán investigador;
es decir, las conclusiones que hoy en día puede presentar la Ciencia en
relación con el origen manifiesto del sistema reproductor sexual, no son
convincentes y ni siquiera son compartidas de manera significativa.
Luego
habremos de deducir, o que el sistema investigador seguido ha sido deficiente o
que la Ciencia por sí sola no puede conseguir su propósito; porque lo que
resulta indudable es que el sistema reproductor biológico sexual hubo de tener
un origen, como lo tuvo la misma vida. Y en orden a formular una nueva hipótesis
básica que pudiera dar lugar a posteriores trabajos de investigación, vamos a
recurrir en este trabajo tanto a la Ciencia como a la Teología; y después se
verá si la nueva hipótesis que aquí alcancemos merece ser considerada
suficientemente convincente o digna de profundizar en ella.
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Para nuestro anunciado propósito, habremos de partir de unos presupuestos de
necesidad al efecto y a ser posible incuestionables en los ámbitos de lo
razonable. Veamos:
Uno.
Todo ser viviente es un conjunto biológico mixto, constituido por un alma
motivadora existencial y por un cuerpo orgánico material.
Dos.
En las rigurosas condiciones ambientales en las que, hace tres mil quinientos
millones de años, se inició le vida orgánica en las masas permanentes de agua
habidas en la superficie terrestre, no resultaba posible más que la existencia
de individuos de rudimentaria estructura unicelular. Tales individuos se
reproducían de manera sucesiva, mediante algún tipo de sistema asexual
(vegetativo, germinativo); y, como consecuencia de su experiencia vital
acumulada y transmitida en cada nueva reproducción filial, en las cadenas
generacionales formadas se podría llegar a observar cambios estructurales
morfológicos y funcionales, comparando individuos muy alejados en cada misma
cadena.
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Siguiendo un orden lógico, la vida en nuestro Planeta se fue afianzando en
miríadas de sucesivos individuos perecederos, encuadrados en familias
tipológicamente cada vez más complejas y diferenciadas; individuos que a causa
de su insuficiente capacidad para convivir en estrecha sociedad entre sí, no
podían cumplir la función reproductora nada más que individualmente y mediante
el sistema asexual (vegetativo, por germinación).
Y
todo lo dicho nos lleva ahora a una única conclusión razonable: El sistema
reproductor biológico sexual se originó, en algún posterior momento, mediante
la asociación de parejas de individuos (asexuados) que vegetativamente
cooperaban entre sí para, mediante germinación, lograr la procreación de un
hijo común a ambos. Y, luego, vendría la evolución del surgente sistema sexual.
Pero
eso ya nos exige iniciar un nuevo trabajo.
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